Tras
la Segunda Guerra Mundial (1939-1945), las potencias europeas no podían
hacer frente a los activos movimientos nacionales que propugnaban la
independencia. En los años cincuenta y sesenta hubo un proceso general
de descolonización que definió un nuevo mapa político, con más de
cuarenta nuevos Estados independientes. Estaban delimitados por
fronteras, en muchos casos totalmente artificiales, herencia de la
antigua división colonial.
Veinte
años después de la Segunda Guerra Mundial, los antiguos imperios
coloniales habían desaparecido. En sus vastas posesiones surgieron
nuevos países, que constituyen hoy la mayor parte del territorio y de la
población mundial.
Antes de la Segunda Guerra Mundial ya habían surgido una serie de hechos que permitían augurar un rápido desarrollo del proceso descolonizador: la aparición de movimientos nacionalistas en algunas colonias; la influencia de la Revolución rusa, con su defensa de la autodeterminación de los pueblos y su crítica de la explotación económica colonial; el aumento de las protestas contra los colonizadores, duramente reprimidas y el influjo que ejerció en las colonias la aparición de nuevas naciones europeas, después de la Gran Guerra.
Antes de la Segunda Guerra Mundial ya habían surgido una serie de hechos que permitían augurar un rápido desarrollo del proceso descolonizador: la aparición de movimientos nacionalistas en algunas colonias; la influencia de la Revolución rusa, con su defensa de la autodeterminación de los pueblos y su crítica de la explotación económica colonial; el aumento de las protestas contra los colonizadores, duramente reprimidas y el influjo que ejerció en las colonias la aparición de nuevas naciones europeas, después de la Gran Guerra.
Los
factores inmediatos de la descolonización fueron básicamente tres: la
debilidad de las metrópolis, el apoyo internacional y la fuerza
creciente de los movimientos de liberación.

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